Capítulo 2. La vida en el albergue

Capítulo 2. La vida en el albergue

 

El albergue escolar en el que vivían Samuel y Élida con otros niños y niñas, maestras y nanas, era una serie de cabañas en medio de pinos gigantescos en lo alto de las montañas.

Un grupo de personas, preocupadas por brindar a los pequeños de la región la oportunidad de cursar sus estudios básicos, se habían dado a la tarea de construir cuatro hermosas cabañas de madera.

La más grande estaba destinada a servir de comedor. En su interior estaban dispuestas dos largas mesas una frente a la otra. Una para niños, otra para niñas. Al fondo, y tan sólo separada por una repisa enorme, se encontraba la cocina, repleta de ollas, cacerolas y sacos de alimentos para preparar.

Otra más era la biblioteca y salón de clases, en donde todos recibían sus lecciones y hacían tareas por las tardes. Este era el espacio más agradable, lleno siempre de actividades, risas, lecturas de cuentos y proyección de películas.

Dos cabañas habían sido construidas como dormitorios, uno para niños y otra para niñas. Élida dormía en un dormitorio con sus compañeras de edades varias entre los seis y los catorce años. En el otro dormía Samuel con sus compañeros. Samuel era el chico más popular del albergue, siendo además uno de los mayores con catorce años, ejercía una gran influencia sobre los demás. Era alto y de buen ver, además de muy ingenioso, con una respuesta pronta a toda pregunta y una inquietud nueva cada día.  Sus ocurrencias a veces lo metían en problemas, a él y en ocasiones a los que lo seguían, pero nunca eran malintencionadas. Sus padres habían ido a trabajar a la ciudad y habían dejado a Samuel y su hermanita Élida al resguardo del albergue. Élida, por su parte, era una pequeña y frágil niña de seis años. En su tiempo libre, cuando no estaba estudiando con sus compañeras o ya en el dormitorio por la noche, seguía siempre a Samuel, buscando su afecto y aprobación. Extrañaba mucho los cuidados de su mamá y los momentos en que su papá se dedicaba a ella con un sinnúmero de juegos.

A las seis de la mañana sonaba una enorme campana en el comedor del albergue, indicando la hora de levantarse.  Entonces, uno a uno iban saliendo los niños de sus camas intentando ganar los primeros turnos en las regaderas para tener el agua más caliente, pues a los rezagados les tocaba el agua ya más tibia.                                                            Luego de darse un baño se apresuraban al comedor para disfrutar de un agradable desayuno en medio de la algarabía generada por el inicio del día. Las mesas se llenaban de pláticas sobre las actividades planeadas, las tareas por entregar, el nerviosismo del examen por presentar, en el peor de los casos.

Regresando de desayunar había que asear el dormitorio.  Cada niño y niña tenía la responsabilidad de mantener en orden su cama y el espacio asignado para sus pertenencias. Cada día la limpieza de la habitación era responsabilidad de un equipo.

Las escobas y trapeadores parecían volar entre camas y roperos. Cada quien tenía que tener buen cuidado de levantar sus cosas del suelo, ya que las escobas pasaban llevándose todo a su paso y si acaso una muñeca yacía tirada en medio del pasillo o entre dos camas, no se salvaba de sufrir una buena revolcada. Las pelotas y carritos olvidados por los niños rodaban o rebotaban por doquier e iban a dar quién sabe dónde.  Pero las escobas no detenían su loca carrera en su afán de recoger toda la basura y polvo antes de que la campana escolar anunciara con su repicar el inicio de clases.

El salón de clases se llenaba de alegres alumnos presentando a su maestra las tareas asignadas y éstas se revisaban compartiéndolas con todo el grupo de manera que todos aprendieran del trabajo de los demás. Luego veían la lección del día con una breve pausa a medio día para descansar. Al terminar clases sus platos de sopa y guisos les esperaban calientes en sus lugares en el comedor; y después de un descanso para tiempo personal, iban a la biblioteca nuevamente para cumplir con sus tareas.  Aquéllos afortunados que terminaban a tiempo eran invitados por su nana a dar un paseo por el bosque.  Como ésta era la actividad favorita de todos, unos a otros se ayudaban a terminar a tiempo.

Los días de lluvia también eran muy apreciados por los niños, ya que en lugar de caminata, su nana les leía cuentos y hacían dibujos.

Apenas si les quedaba tiempo alguno para tomar su taza de chocolate caliente y su pan y… ¡a dormir hasta el día siguiente!  Nana no tenía que batallar con poner a dormir a todos los niños y niñas, pues las actividades del día los dejaban exhaustos.

 

Esa noche, en el albergue, la nana encargada de los niños inició la lectura del cuento acostumbrado por la noche.

—Vamos a leer el cuento de Pinocho—dijo entusiasmada.

—Sí— gritaron todos los niños reuniéndose alrededor suyo, entusiasmados pues les gustaba repetir al unísono las frases que se sabían de memoria. Algunas incluso, tenían dueño, ya que habían sido elegidas por ellos para apropiárselas.

Llegado el turno de Élida todos callaron esperando oír su vocecita tímida pero segura, repitiendo su frase favorita. Pero todo lo que escucharon fue silencio.

—¡Élida! Te toca—, varios compañeros exclamaron.

—¿Élida? ¿En dónde está Élida? — se preguntaron. —Samuel tampoco está.

Alarmada, su nana salió corriendo llamándolos por todo el albergue.  No era la primera vez que los echaban de menos.  Nany encargó a los niños con su compañera y salió a toda prisa a buscarlos en los lugares que Samuel frecuentaba cuando estaba triste o enojado, siempre seguido por su hermanita Élida.

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