Capítulo 3. El sueño de Élida

Capítulo 3. El sueño de Élida

Élida escuchó los gritos de Samuel pero no se movió. Medio dormida, en estado de somnolencia, deseó con todo su corazón tener un amigo que nunca de los nuncas la dejara, bajo ninguna circunstancia.

Papá se fue lejos a trabajar, pensó, mamá está en casa cuidando de mis hermanitos pero se enferma tan seguido que tengo miedo de que ella pueda morir…Samuel algún día se irá en busca de mi padre y yo me quedaré sola en el albergue. Las nanas en el albergue solo se quedan para el período escolar y después otras vienen para cuidar de nosotros… Deseo tener un amigo verdadero que siempre pueda estar conmigo y nunca me deje sola, sin importar lo que pase.

 

Por sus mejillas rodaban lágrimas mientras dormitaba repitiendo con todo su corazón una y otra vez: “Deseo tener un amigo verdadero que siempre pueda estar conmigo y que nunca me deje sola” como si se tratara de una oración.

 

 

Cuando Samuel regresó al techo de palma, Élida estaba profundamente dormida. En su sueño ella caminaba por la colina hacia la cima de la montaña. El paisaje se había tornado seco y no había nada más que contrastara con el azul metálico del cielo, a excepción de una pequeña capilla que podía ver en la distancia y que ella nunca olvidaría. Tan sólo le había tomado algunos minutos el llegar allí, quizás el mismo tiempo que le tomaba llegar a su lugar favorito en el río cerca del albergue. Pero los minutos no podrían haber medido la magnitud del evento más importante de su vida. En un breve espacio de tiempo, en el cual todo movimiento se detuvo, el curso de su vida fue decidido para siempre.

 

Élida se aproximó a la capilla silenciosamente, con la extraña sensación de haber estado allí anteriormente. Entró sin hacer ningún ruido. No había nadie dentro y ella podía ver las bancas ordenadas en hileras para que las personas se sentaran y ramos de flores blancas en las paredes laterales. El silencio la envolvía en una extraña calma llevándola poco a poco fuera de la realidad de este mundo y transportándola fuera del tiempo y el espacio. La capilla entera parecía estar suspendida sobre las montañas.

 

Caminó por los alrededores, cuidadosa de no alterar el silencio, moviéndose lo más lentamente posible, acercándose a las paredes para ver las pinturas de personajes santos. En la parte inferior de la capilla, ella percibió la Presencia de quien transformaría su vida entera, quien cambiaría toda su realidad. Al principio, Élida no se había dado cuenta de quién era Él, pero al irse acercando reconoció en Él la respuesta a sus oraciones: el amigo verdadero que ella había estado pidiendo tan solo unos minutos antes, un padre y hermano mayor para toda la humanidad. Supo entonces que todos los acontecimientos en su vida se medirían contra este maravilloso encuentro.

 

 

El Rey vestía una túnica que brillaba en su blancura contra los colores deslavados de la casa de oración. Su silueta era como la de un hombre de edad media, fuerte. Sin embargo su sonrisa lo delataba como un hombre desbordante de felicidad. Tenía el cabello ondulado con destellos del sol brillando a través de éste. Élida notó que el hombre estaba descalzo y al levantar la vista de esos pies hacia su rostro, él amablemente unió las palmas de las manos y así unidas, las elevó a su frente e inclinándose hacia ella, la saludó diciendo:

-Aquí estoy para ti, para todos, yo soy el Amigo Verdadero al que llamaste-

Élida apenas podía creer lo que estaba viendo y escuchando. Todo su ser estaba suspendido en los ojos de su nuevo amigo. Con tan solo un vistazo, la cautivó permanentemente en sus ojos, los cuales eran portales a la infinita vastedad de los cielos, océanos y tierras que albergan todas las posibilidades.

Elida se vio reflejada en la Luz de esos ojos y supo que no podría vivir sin ellos nunca más. La fuerza de esa Presencia del más allá la inquietaba. Al mismo tiempo se sentía irresistiblemente atraída por su amor y su resplandor. La cara de este hombre era como el sol mismo y sus rayos dorados la mantenían en un cálido abrazo sosteniéndola fuertemente contra su corazón.

 

En ese momento, Élida no supo nada más de ella misma. Se encontraba perdida dentro de su corazón y todo a su alrededor dejó de existir. Tan sólo quedaba Él, para siempre, su amigo verdadero, y a partir de ese momento, su vida entera se convertiría en la búsqueda de esa mirada. Ella no percibió el hambre, el frío o el cansancio. El tiempo se detuvo también. Unos minutos se volvieron una eternidad, unos minutos fueron suficientes para mostrarle el camino hacia su verdadero hogar y hacia su verdadero amigo.

 

Tomando su rostro suavemente entre sus manos él la retiró delicadamente de su abrazo regresándola al espacio y tiempo presentes. Sintiéndose todavía empapada en el elixir de la eternidad, ella solo pudo decir:

-Mi verdadero amigo, te he estado esperando-

 

Habiendo profundizado en el corazón de Élida, Él supo acerca de las preocupaciones que ella tenía por su familia y su futuro, incluso supo cuáles eran los problemas que afligían a cada uno de los niños en el albergue.

 

Con inmensa ternura alivió sus preocupaciones diciendo:

-Todo estará bien, siempre y cuando te mantengas cerca de mí.

Se despidió de ella suavemente susurrándole en al oído:

-Las alas de los pobres están hechas de amor.

Estas palabras resonaron profundamente en el alma de Élida, calmando su corazón, y volvió suavemente de su sueño escuchando el amor y la ternura en la voz  de su Amigo que le decía:

 

“Nunca olvides este encuentro con tu verdadero amigo”

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