Historia de una Casa

Historia de una Casa

Le gustaba su casa, que en un principio fue creciendo con ella, de grandes ventanales abiertos siempre dispuestos a recibir la luz. Contaba además con un par de antenas parabólicas que fueron descifrando los códigos de su calle, después los de su colonia, los de su ciudad y, poco después, más allá de las fronteras nacionales. En el ático, las cajas con ideas nuevas se reacomodaban constantemente, se iban clasificando, y lo más sorprendente es que la casa contaba con un sistema de telecomunicaciones eficientísimo, capaz de recibir y enviar cientos de bits de información cada minuto.

La cocina, estratégicamente colocada en la parte central, manejaba los insumos más importantes para mantenerla en perfecto estado: el aire limpio y los alimentos. Nadie en ella se quedaba con hambre, mientras el sistema de recolección de basura recorría cada basurero y hasta les esquinas del patio y de la cochera con carritos barredores muy eficientes.

Cuando estaba contenta la casa saltaba de gusto, sobre todo cuando podía recorrer las calles visitando a otras casas. Esta casa se ocupaba de crecer (en el sentido de poder percibir más a su alrededor, no de aumentar el número de sus habitaciones) y de saber  más sobre cómo tratar a sus habitantes, uno de ellos muy melancólico y triste al que le gustaba zambullirse en la biblioteca para no escuchar el bullicio que hacían las casas contiguas; otro, más alegre, que constantemente enviaba y recibía mensajes desde el ático con la esperanza de renovar la casa, llevarla a ver horizontes lejanos donde imaginarse una nueva vida.

En eso estaba, cuando conoció a otra casa que la aduló mucho y que la invitó a conocer otro terreno para, entre las dos, hacer una casa dúplex. Inclusive tenían planeado seguir construyendo pequeños búngalos que se les parecieran en algo y que poco a poco se fueran haciendo más independientes. Así lo hicieron, pero al cabo de un tiempo la casa de nuestra historia se comenzó a sentir más y más aplastada (había quedado en el piso de abajo), sin momentos para dejar correr el aire a través de sus habitaciones, ni para darle de beber a las pequeñas enredaderas que intentaban crecer en las moribundas macetas de la terraza. Sus habitantes se volvieron tristes, deprimidos, inclusive al que le gustaba llevar a la casa de paseo.

Un día, que quedó grabado en las crónicas de esa vecindad, llegó un terrible tornado que se llevó a la casa dúplex y a los pequeños búngalos por los aires, girando vertiginosamente. En un esfuerzo titánico la casa no cedió a la fuerza centrífuga. Sujetó como pudo a los pequeños y juntos volaron hasta que volvió la calma. Cuando encontraron un nuevo lugar donde fincar residencia, se dieron cuenta de que la parte superior de la casa dúplex se había perdido en el vendaval. Nadie la echó de menos.

Así es que la casa se remodeló a sí misma, de los cimientos al techo. Es verdad, hubo partes de ella que resultaron dañadas permanentemente, como los vitrales, los candiles y las espesas alfombras. Pero en su austera apariencia nunca perdió la dignidad de su buena estructura original. Dio un gran espacio de libertad a los búngalos para que se fueran reconstruyendo a sí mismos. Y resultó que todos fueron quedando tan diferentes…pero siempre bien comunicados por veredas floridas y por puentes por medio de los cuales se prodigaban ayuda entre sí.

Esta casa es testigo del tiempo, como muchas otras que un viajante pueda descubrir al doblar una esquina durante la noche. Algo en ella llamará la atención, aunque sea una ventana iluminada en el piso superior de la que salgan alegres charlas a una hora tardía.

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