Las Llaves de Cristal – Capítulo I

Las Llaves de Cristal – Capítulo I

UN GRITO DESESPERADO

 

 

Dibujo realizado por un alumn@ del Albergue de  Huimilpan

 

—Espera, no tan rápido, no puedo seguirte el paso—”

Élida corría tan rápido como podía con sus pies descalzos dando traspiés entre las ramas caídas de los árboles.  La noche había caído ya y la oscuridad le dificultaba seguir la carrera  de su hermano mayor, dispuesto a dejar muy atrás el albergue en el que vivían. Este se encontraba en una zona boscosa de la Sierra Madre de México.  Era ya la tercera vez que intentaban escaparse para ir en busca de su padre que por necesidad se encontraba trabajando en otro país.

 

La vida de Élida y Samuel era bastante afortunada en el albergue pues ahí recibían todos los cuidados necesarios y afecto también. Élida sabía que si regresaban a tiempo, su nana los cobijaría y les serviría un plato de sopa caliente, luego se reuniría con sus compañeros de dormitorio para escuchar un cuento antes de dormir. Pero ahora las fuerzas de la pequeña niña sólo le alcanzaban para seguir el paso apresurado de su hermano y evitar que la dejara atrás.

 

—Samuel, espérame, ya no puedo correr…tengo hambre y frío — la niña gritó esperando que su voz alcanzara al muchacho a través de la oscuridad. De golpe, dos fuertes manos la detuvieron tomándola de los brazos. Era su hermano, que había detenido su acelerado paso para esperarla.

 

—Te dije que no me siguieras— le dijo enojado —Pasará lo mismo de siempre…tendré que regresarte al albergue y entonces me reprenderán y me vigilarán para que no vuelva a salir. ¡Demonios! — gritó Samuel pateando la arena del camino con su bota desgastada de tanto uso— Pero esta vez no te llevaré al albergue. Si tienes hambre y frío es tu problema…tú decidiste seguirme y yo no voy a volver más.

 

Samuel decidió proseguir su camino llevando a su hermana y una vez tomada esta decisión, pareció calmarse. Tomando a Élida de la mano le dijo en tono protector:

—Ven, busquemos un lugar para pasar la noche…hay un tejado de palmas cerca de aquí donde podremos cubrirnos y descansar. Mañana seguiremos nuestro camino—.

 

La pequeña se quedó profundamente dormida rendida por el cansancio, soñando que descansaba en el regazo de su madre, con todos sus hermanos y hermanas a su derredor.

Su hermano, viéndola dormir, salió del tejado a la oscuridad de la noche. También tenía hambre y frío.  Su desesperado impulso por dejar atrás su vida, que le recordaba la lejanía de sus padres día con día, le había hecho dejar el albergue sin llevar consigo almuerzo o cobija alguna.  Ahí, a unos pasos, su pequeña hermana esperaba que él lo cuidara.  Jamás lo dejaría irse sin ella, pues él representaba el cariño y la protección de sus padres. Empuñando sus manos liberó un grito desesperado como queriendo que algo o alguien lo escuchara en la inmensidad del cielo estrellado…

 

—Deseo llegar a un lugar en el que todos podamos vivir en paz, en donde podamos tomar los frutos de la tierra y de los árboles, en donde no sea necesario un billete o una moneda para saciar el hambre, en donde mamá pueda descansar por las tardes con sus hijos y papá pueda regresar a pasar la noche con nosotros.—Con lágrimas corriendo por las mejillas, continuó alzando su voz al cielo:—Deseo hallar un lugar en donde no se sufra más y en donde podamos estar felices siempre.

 

Por toda respuesta, Samuel recibió una fría llovizna que se confundió con las lágrimas sobre el rostro. Temblando de frío se vio obligado a regresar al tejado en donde se quedó dormido abrazando el helado cuerpecito de su hermana.

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